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Mostrando entradas de enero, 2024

VIII. NO SE PUEDE NEGOCIAR CON UN TSUNAMI

 VIII. NO SE PUEDE NEGOCIAR CON UN TSUNAMI No se puede negociar con un tsunami. Cito textualmente las palabras de un hombre al enterarse por parte del amor de su vida que le fue infiel en algún tramo tempestivo de su relación. Es el estreno de una afamada serie en una plataforma de streaming. La primera del año bajo las enaguas del brasero y la lluvia en el sur. Y recluto información moral por parte de mis amigos. ¿Han llegado a sentir algo parecido? ¿Exprimieron la gota? ¿Aplaudieron la catástrofe anunciada? ¿O, tal vez, entrevieron el agua sucia del final, apartándose a tiempo? Hay quien aprende a echar raíces en una relación de larga estancia y para quien la vida es ir doblando los manteles y la ropa interior de las coladas del domingo. La luz plastificada del sábado me envuelve en el regreso a la ciudad nación. He escrito algo de narrativa y pienso en el amor. En su fecha de caducidad y en su paz. En su controversia. En su sacudida en la piel de alguien que hace noche en la cas...

VII. ME QUEDÉ SOLO EN NAVIDAD

 VII. ME QUEDÉ SOLO EN NAVIDAD Me quedé solo en Navidad. Sin otra opción. A veces, queda la ráfaga como un colibrí despiadado que aletea sobre las nucas desnudas del quebranto. Hui de algún infierno con todo su fuego húmedo hasta los tobillos. Hui de alguna opción de retirada. Algún momento vinculador del cual no fui capaz de alcanzar la cima. Regresar al corazón en blanco. Azucarar los últimos instantes del año con un poema último y bueno, como mayúscula afectiva. Volver a empezar unos amigos. Volver a empezar en la adiposidad de lo invisibilizado. Hace calor en la ciudad descafeinada por la huida colectiva. Al final se huye de uno mismo cuando no encuentras el espacio. Haces una videollamada con la familia y llevas un gorro de papa Noel con el que dar las recomendaciones para que cicatricen las heridas a los pacientes. El calor barniza las aceras en las que regresar a casa. Mañana trabajas de nuevo. El árbol está vacío y te falta alguien indispensable para llenar de árboles un mu...

VI. ROPA COLGADA EN LA TERRAZA

 VI. ROPA COLGADA EN LA TERRAZA He dejado las camisetas que uso como ropa interior colgadas de perchas en la terraza. Así no se arrugan o creo evitarlo. Delante de la terraza se despliega el pájaro que es un patio donde los fines de semana celebran encuentros de solteros y casados para intercambiar sus parejas respectivas. Imagino entonces la saliva del intercambio. Y algo inquieta a la vez que seduce. Yo me siento lejos de esta práctica. Pero hay parejas que sostienen su estructura habitual en ellas. Después llega el bautismo azul oscuro de la noche y los mil ojos de buey ya miran hacia el espectáculo interior donde varios cuerpos rompen la profunda serenidad del sábado en un extrarradio del corazón de Madrid. Pienso que no quedó bien la camiseta con el nuevo suavizante y que tal vez no haya arrancado el frío la humedad que queda más allá de la mancha de tomate o el bajo del pantalón que manché de sangre por el roce del zapato nuevo. Pienso que últimamente desaparezco con mayor fr...

V. EL AGUA DE LOS BESOS

 V. EL AGUA DE LOS BESOS El agua de los besos permanece en la memoria mucho más tiempo del que uno tiene previsto. No te reconoces en la noche. Hay sombras, humo y uñas con piedrecitas y brillo permanente. La discoteca parece una boca espesa en la que el extracto de vainilla de los perfumes se difumina con el wisky pisado por el suelo. Sólo entonces aprecias el movimiento. Los cuerpos mojados. La pulpa económica que resbala. Sientes el peso del naufragio social en su aproximación teórica. Una tierra donde los amigos están lejos. Unas veces se escribe, otras simplemente se tropieza con lo reescrito.