VII. ME QUEDÉ SOLO EN NAVIDAD
VII. ME QUEDÉ SOLO EN NAVIDAD
Me quedé solo en Navidad. Sin otra opción. A veces, queda la
ráfaga como un colibrí despiadado que aletea sobre las nucas desnudas del quebranto.
Hui de algún infierno con todo su fuego húmedo hasta los tobillos. Hui de
alguna opción de retirada. Algún momento vinculador del cual no fui capaz de
alcanzar la cima. Regresar al corazón en blanco. Azucarar los últimos instantes
del año con un poema último y bueno, como mayúscula afectiva. Volver a empezar
unos amigos. Volver a empezar en la adiposidad de lo invisibilizado. Hace calor
en la ciudad descafeinada por la huida colectiva. Al final se huye de uno mismo
cuando no encuentras el espacio. Haces una videollamada con la familia y llevas
un gorro de papa Noel con el que dar las recomendaciones para que cicatricen
las heridas a los pacientes. El calor barniza las aceras en las que regresar a
casa. Mañana trabajas de nuevo. El árbol está vacío y te falta alguien
indispensable para llenar de árboles un murmullo de tierra. Me quedé solo en
Navidad. No hay nada más por hacer que escribir.
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